lunes, 16 de mayo de 2011

Deja que te cuente que me he ido de vacaciones

Dicen que cuando un escritor deja de escribir es porque se le ha ido la inspiración. No es que me considere escritora ni mucho menos, de hecho muchas veces no me gusta nada lo que escribo; lo que sé es que me gusta escribir y me gusta, a veces, compartirlo. A veces.

Dicen que la inspiración puede desaparecer por muchos motivos, porque no tienes tiempo para pensar, porque lo tienes todo, porque te va demasiado bien, porque eres feliz. Y es que, como dijo Joaquín Sabina a Benjamín Prado antes de escribir las canciones de su último disco: "Yo vivo en una felicidad doméstica de la que es imposible sacar un verso; pero tú estás hecho polvo, y eso es una mina." Yo estoy como Joaquín.
También puede haber otros motivos, como el de tener la cabeza demasiado ocupada con algo que no me permitía escribir o, más bien, no me permitía escribir aquí. Fuera lo que fuera, mi cabeza se marchó por un tiempo de vacaciones.

Y yo, siguiendo con este momento de sinceridad, os digo también que muchas veces os he echado la culpa de este parón en el blog a vosotros. No a todos, solo a los que habéis venido a vernos. Perdonadme.

Hace ya unos meses, recién llegadas, escribí aquí mismo que esta aventura sería del todo perfecta si la compartíamos con vosotros. Y no me he equivocado.
Compartir cada paseo por estas calles, cada conversación de sábado por la mañana, cada cerveza de las que siempre nos quejamos porque no tienen el sabor que tienen en España. Con vuestra compañía, ese sabor es diferente. Con vosotros esa cerveza sí sabe bien.

Y lo que más gracia me hace es que, cada vez que os ibais, cada vez que acababan vuestras vacaciones, pensabais que era entonces cuando empezaban las nuestras. Nos dabais mil veces las gracias, nos pedíais otras mil veces perdón por habernos "invadido", y todo ello sin daros cuenta de que las que más hemos disfrutado hemos sido nosotras.

Y de esta forma, con la casa vacía sin próximas visitas planificadas hasta septiembre, con las piernas como piedras por haber recorrido con cada uno de vosotros Nueva York del Upper al Lower Side; con la tarjeta echando humo por no haceros sentir mal y que no fuerais los únicos que arrasabais las tiendas de la ciudad y a punto de ser nombradas “clientes del mes” de Café Gitanne, empezó a pasarnos lo que suele pasarte cuando vives y trabajas en una ciudad tan increíble pero a la vez caótica como es ésta: Teníamos que salir.

Y sin pensárnoslo dos veces, nos cogimos un avión con rumbo a cualquier parte. A cualquier parte dónde alguien nos invitara a dormir en una isla y nos viniera a buscar a casa en barco; dónde llevar puesto una boa rosa no fuera solo cosa de chicas, donde no hiciera falta bailar en Fama para convertirte en una bailarina de break casi profesional; dónde las raquetas de tenis echaran chispas protegiéndonos de los mosquitos, dónde compartir una cerveza con un pez manta de casi dos metros fuera posible y dónde terminar con un bote de aloe vera fuera más que predecible.



Pero esta es otra historia que ya os contaremos. Mientras tanto, mi cabeza y yo intentaremos pasar lo mejor posible este síndrome postvacacional preparando el siguiente viaje y prometiéndoos no volver a irnos tanto tiempo. Yo os lo aseguro, ella no tanto…