Levantarse y escuchar el ruido del exprimidor en acción, porque alguien ha pensado que a primera hora de la mañana necesitas vitaminas, te ayuda a empezar el día con “ganas de bailar” y así, saliendo de buen humor por la puerta comienzas un nuevo día en esta ciudad.
Cuando después de unas cuantas semanas de pasar por Times Square rumbo al trabajo, descubres que los guías caza turistas no te dedican su diario “girls, looking for a tourbus ride?”, emocionada, decides que ya no eres material turístico en esta ciudad, sino una neoyorquina más y sintiéndote más que nunca parte de la ciudad, sigues rumbo a tu jornada laboral.
Una noche cualquiera una amiga decide llevarte a ese sitio que todavía no conoces, y llegas a Lower East Side, concretamente a Ludlow con Stanton y te impresiona como en dos manzanas puede haber tantos bares juntos por los que te mueres por entrar, y donde por fin puedes sacar las converse a pasear y para algunas eso es la alegría del día. Pianos fue el primer elegido, bar-discoteca, donde algunos días de la semana tocan música en directo y el público en sí es un espectáculo, te diviertes con solo mirar, desde el hipster con gafas de pasta, a jesus superstar, a chinos rubio platino y una divertida pareja de modelos que más que bailar parecen interpretar. Sales a darte un paseo y te topas con Max Fish donde nubes cuelgan del techo, una tele antigua proyecta Saturday Night Fever y el camarero, que te ha llamado la atención porque te divierte todo su estilo, te sirve una Pabst Blue Ribbon.
Te levantas un poco cansada pero con ganas de aprovechar y disfrutar de los últimos días de esa visita que tanta ilusión te ha hecho, y te diriges al Pier Antiques Show que prometía ser un mercadillo vintage donde arrasar, pero te deja los dientes largos por los precios altos o te pones a andar rumbo al Distrito Financiero, parece que nunca vas a llegar a ese parque del que tanto te han hablado y cuando por fin llegas a Battery Park decides que ha merecido la pena, Wall Street, el mar y la Estatua de la Libertad de fondo te lo confirman.
Llega el domingo y decides ir al MOMA antes de que quiten las monografías de Andy Warhol, que te encantan y te divierten más de lo que esperabas y después de pasar por el rooftop del 230 de la Quinta Avenida a tomarte un gin-tonic mientras disfrutas de los rascacielos iluminados de Manhattan bajo una manta, vuelves a casa.
Te sientas en el sofá, sigue habiendo globos en el techo, revistas en la mesa, flores en la chimenea, cervezas frías en la nevera… y mirando la foto familiar de reojo, te das cuenta de que te sigue costando creerte dónde estás, con quién tienes la suerte estar y de que ya formas parte de esta ciudad.



