lunes, 21 de marzo de 2011

Deja que te lleve de paseo..

Levantarse y escuchar el ruido del exprimidor en acción, porque alguien ha pensado que a primera hora de la mañana necesitas vitaminas, te ayuda a empezar el día con “ganas de bailar”  y así, saliendo de buen humor por la puerta comienzas un nuevo día en esta ciudad.
Cuando después de unas cuantas semanas de pasar por Times Square rumbo al trabajo, descubres que los guías caza turistas no te dedican su diario “girls, looking for a tourbus ride?”, emocionada, decides que ya no eres material turístico en esta ciudad, sino una neoyorquina más y sintiéndote más que nunca parte de la ciudad, sigues  rumbo a tu jornada laboral.
Una noche cualquiera una amiga decide llevarte a ese sitio que todavía no conoces, y llegas a Lower East Side, concretamente a Ludlow con Stanton y te impresiona como en dos manzanas puede haber tantos bares juntos por los que te mueres por entrar, y donde por fin puedes sacar las converse a pasear y para algunas eso es la alegría del día. Pianos fue el primer elegido, bar-discoteca, donde algunos días de la semana tocan música en directo y el público en sí es un espectáculo, te diviertes con solo mirar, desde el hipster con gafas de pasta, a jesus superstar, a chinos rubio platino y una divertida pareja de modelos que más que bailar parecen interpretar. Sales a darte un paseo y te topas con Max Fish donde nubes cuelgan del techo, una tele antigua proyecta Saturday Night Fever y el camarero, que te ha llamado la atención porque te divierte todo su estilo, te sirve una Pabst Blue Ribbon.
Te levantas un poco cansada pero con ganas de aprovechar y disfrutar de los últimos días de esa visita que tanta ilusión te ha hecho, y te diriges al Pier Antiques Show que prometía ser un mercadillo vintage donde arrasar, pero te deja los dientes largos por los precios altos o te pones a andar rumbo al Distrito Financiero, parece que nunca vas a llegar a ese parque del que tanto te han hablado y cuando por fin llegas a Battery Park decides que ha merecido la pena, Wall Street, el mar y la Estatua de la Libertad de fondo te lo confirman.
Llega el domingo y decides ir al MOMA antes de que quiten las monografías de Andy Warhol, que te encantan y te divierten más de lo que esperabas y después de pasar por el rooftop del 230 de la Quinta Avenida a tomarte un gin-tonic mientras disfrutas de los rascacielos iluminados de Manhattan bajo una manta, vuelves a casa.
Te sientas en el sofá, sigue habiendo globos en el techo, revistas en la mesa, flores en la chimenea, cervezas frías en la nevera… y mirando la foto familiar de reojo,  te das cuenta de que te sigue costando creerte dónde estás, con quién tienes la suerte estar y de que ya formas parte de esta ciudad.

domingo, 13 de marzo de 2011

Deja que te cuente mí día a día…

Es difícil estar en una ciudad distinta a la tuya y tener un día a día, pero al final encuentras cosas que se repiten durante los pocos días que llevas en Nueva York, y quién sabe si durará o si cuando llegué el buen tiempo decidirás darle un vuelco a ese día a día.
Te levantas por la mañana, esperando ser la última en ducharte porque sabes que así dormirás 10 minutos más y estarás menos cansada para tu cita a ciegas de por la noche en Café Gitane. Un sitio en el que entre vino blanco y cous-cous decides que por qué no vas a cruzar a Jane a tomarte algo que al día siguiente maldecirás.
Te cruzas con la misma gente de camino al trabajo y son ellos los que te dicen si llegas tarde o esa mañana te has dado más prisa en tomarte el bol de cereales. En la calle 47 las tiendas de los judíos empiezan a deslumbrar, cada mañana organizan los escaparates con las mismas pulseras, anillos y collares que por la tarde limpian y guardan en algún sitio para que no tiente a nadie.
En la oficina te esperan con cara de sueño y entre bostezos y algún estiramiento acabas por descubrir que no eres la única que ayer se quedo en casa viendo una película y que a las 10 estaba en la cama leyendo un libro. Tu jefe se despide y entonces sabes que puedes ir cerrando el ordenador y que en la recepción del edificio estará el doorman de por la tarde que se despide con una sonrisa aunque a él le queden varias horas de trabajo por delante.
Te planteas dar un paseo, pero las calles frías de Nueva York te empujan a casa y el día que no tienes ropa en la lavandería te pasas por la tienda de la esquina a comprar leche para tus cereales o te metes en 99cents a comprar algún capricho para tu cuarto.
Son las 21.00 y ya llegas tarde a esa cena internacional. Rodeada de franceses, italianos y argentinos a los que conoces esa misma noche te pides el plato que más te apetezca, pizza en Pulinos o hamburguesa en 5Napkins. Entre vergüenza por ser la primera cena con ellos y diversión por saber que cenas al lado de una oledora de perfumes, te cuentan su día a día y entonces parece que no se diferencia tanto del tuyo y que al fin y al cabo a ellos también les apetece de vez en cuando tomarse la mejor tarta de queso en Junior´s.
 Empiezas con agua, sigues con un buen mojito y acabas con varias copas de vino que te hacen hablar hasta bangladesí con el taxista que ha tenido un día algo aburrido y le apetece contarte como es su vida, pero le interesa todavía más saber cómo es la tuya y por qué has decidido venir a Nueva York. Y en ese momento le cuentas lo primero que se te pasa por la cabeza sin pensar en cuales han sido tus verdaderas razones.
Llegas a casa intentando sacar alguna conclusión a esa interesante conversación pero acabas poniendo el despertador 5 minutos más tarde porque sabes que la primera en ducharse lo hará algo tarde, ha sido un día largo y divertido. 


Se acerca el fin de semana y ya empiezas a pensar si te pondrás Converse o te subirás a unos tacones de vértigo...

jueves, 10 de marzo de 2011

Deja que te cuente como dar la vuelta a la tortilla

Creeros cuando dicen que aquí en Nueva York todo es de película porque, de repente, un día empieza a sonar la música.

Empieza la música porque, de camino al trabajo y atravesando la calle 47, alguien ha decidido arrancarte una sonrisa y un “quiero bailar!” poniéndote With a Little help from my friends, Yesterday o All my loving de los BEATLES.  Quizás sea porque vivimos en pleno Times Square y la música inunda las calles llamando a los miles de turistas a que acudan a los musicales de Broadway. O quizás porque, esta vez de verdad, nuestra vida ha empezado a tener banda sonora.

Y sigue sonando para ti cuando un día decides ir con una visita a un bar del West Village en el que un grupo de hombres de color cantan y tocan en directo y a alguien se le ocurre decir a un desconocido que es tu cumpleaños. Entonces ese desconocido decide atravesar todo el público y parar a la banda, que justo en ese momento estaba tocando Killing me Softly, para decirles que es tu cumpleaños (que en realidad no lo es) y que, por favor, te dediquen esa canción. Y te la dedican.

Te pones a andar un sábado cualquiera en búsqueda de alguien que se ha quedado sin batería en el mercadillo de la 22 con la 6ª, porque se ha pasado la mañana preguntándote como fue la noche de ayer y mandándote fotos de todo lo que se encontraba y, cuando ya te das cuenta de que no la vas a encontrar, te vas al Coffee Shop de Union Square, que te sorprende con una de las mejores hamburguesas que has probado, y a la salida alguien te señala con el dedo a dos chavales tocando una música que podrías pararte a escuchar durante horas.



Y así, sin saber muy bien si es la ciudad, o si es tu propia imaginación, empieza s a oir música por todas partes, incluso en tu habitación cuando en las mañana de sábado te tumbas con las que antes eran tus compañera y ahora son tus amigas, en la cama a charlar y a comentar y a partirte de risa escuchando el mensaje de voz que se te ocurrió mandar la noche anterior.

Cuando te pareció escuchar aquel tema de Frank Sinatra que no es New York New York, pero cuyo nombre no recuerdas, aquella noche a las 4 de la mañana en la que se puso a nevar y no encontrabas taxi para volver a casa. Y, aunque te quejabas del frío y de lo pronto que te tenías que despertar al día siguiente, en el fondo no te importaba nada porque la compañía, tanto la musical como la otra, era perfecta.   

Cuando en un domingo gris has cometido el error de volver a mirar esas fotos y entonces “la casa azul” invade tu casa roja porque alguien se ha dado cuenta de que necesitas saltar y bailar y saltar…y quitarte el antifaz  y seguir disfrutando de la suerte que tienes de estar aquí.

Y te pones a pensar y te das cuenta de que no, de que no es Times Square, ni la calle 47, ni Union Square; ni siquiera es aquel bar en el que ponían música en directo o aquel portal en el que intentabas resguardarte de la nieve. Quienes al fin y al cabo te están regalando todas esas canciones y esos momentos increíbles en esta nueva aventura, son las personas que tienes a tu alrededor y sobre todo aquellas que tienes más cerca:

dos personas a las que siempre agradecerás que una tarta de queso con la galleta completamente quemada sea la tarta más rica del mundo; que montar una cama de Ikea sea visto y no visto; que entrar al “cuarto frío” de ese supermercado lleno de carne colgada no sea experiencia tan desagradable; que un helado de dulce de leche y Manhattan de Woody Allen puedan llegar a ser el plan más apetecible para un viernes en Nueva York; que un muñeco de 2 cm de largo sea la solución perfecta para cualquier problema ; que romper un espejo no sea tan malo como dicen; y que dar la vuelta a la tortilla sea la tarea más complicada…y divertida del mundo.



martes, 1 de marzo de 2011

Deja que te cuente lo que he descubierto...

Dicen que uno se siente como en casa cuando te saludas con el vecino, sabes donde se tira la basura y tienes crema de calabacín en la nevera.
Pues bien, ahora ya podemos decir: “quiero terminar de trabajar e irme a mi casa”.
Durante dos días la gente se lanzó a la calle, dejando abrigos y bufandas en el armario porque parecía que ya llegaba la primavera, pero cuando ves que todo el mundo vuelve a usar orejeras te das cuenta que era sólo una característica más de esta rara ciudad. Y entonces te enfundas tus guantes y tu abrigo más gordo y decides descubrir nuevos sitios.
Qué mejor que cruzar el puente de Brooklyn para conocer a esos hipsters que dicen que desparecen de Manhattan para instalarse en una de las mejores zonas de Nueva York, Willamsburg, donde en la calle Bedford puedes recorrerte sus tiendas preferidas en busca de pantalones usados que te recuerdan a tu madre en su mejor época y cazadoras de cuero para hombre con las que jamás imaginarías a tu padre. Con millones de bolsas repletas de ropa que te la has comprado porque “total vale dos duros”, te metes en cualquier restaurante a tomarte una hamburguesa rodeada de gente con gafas de pasta y libretas con algún garabato que intentas descifrar desde lejos.
Cuando por fin se descubre que el “flea market” no es el nombre del mercadillo sino que es el mercadillo en sí, alguien te comenta que en la calle 39 con la 9 avenida está uno de los mejores. Buscando encuentras el abrigo que necesitabas, o eso le haces creer a los demás, el bolso que más te pega, el broche que alguien heredó pero que acabó vendiéndolo por 10 dólares menos de lo que dice que cuesta y la cartera en la que meter esos dólares que aún te quedan después de descubrir que aunque hayas regateado la jugada no te ha salido tan bien.  Y Anthony, rodeado de sus amigos con peluca y labios pintados, te da su tarjeta para que no te olvides de volver el domingo siguiente porque su mujer pondrá a la venta alguna cosa más que puede ser interesante y se despide de ti diciéndote que eres la mejor clienta que ha tenido nunca.
Y entonces llegas a casa, TU casa. Tu casera te comenta que puede que tengamos tres alemanes como vecinos, cosa que nos parece interesante porque el edificio es aún más internacional de lo que ya pensaste cuando oíste a varios franceses subir las escaleras. Te cuenta que la ventana no te la van a arreglar y que el cuadro que sólo pones cuando ella viene y escondes cuando cruza la puerta, es el que más le gusta. Te tomas el último trozo de tarta que queda en la nevera simulando la mejor tarta de queso con strawberry (machacando una fresa para convertirla en mermelada) y empiezas a recibir millones de felicitaciones porque en España han adelantado tu cumpleaños 6 horas.
Por la mañana te levantas sabiendo que iras a cenar a tu restaurante favorito, porque cuando uno se siente como en casa ya tiene restaurante favorito, pero lo que no te esperas es que todos han puesto de su parte para que no se te vaya la sonrisa de la cara en un día tan especial, ya sea en forma de foto familiar, cámara de fotos, piruleta o globos.