Es difícil estar en una ciudad distinta a la tuya y tener un día a día, pero al final encuentras cosas que se repiten durante los pocos días que llevas en Nueva York, y quién sabe si durará o si cuando llegué el buen tiempo decidirás darle un vuelco a ese día a día.
Te levantas por la mañana, esperando ser la última en ducharte porque sabes que así dormirás 10 minutos más y estarás menos cansada para tu cita a ciegas de por la noche en Café Gitane. Un sitio en el que entre vino blanco y cous-cous decides que por qué no vas a cruzar a Jane a tomarte algo que al día siguiente maldecirás.
Te cruzas con la misma gente de camino al trabajo y son ellos los que te dicen si llegas tarde o esa mañana te has dado más prisa en tomarte el bol de cereales. En la calle 47 las tiendas de los judíos empiezan a deslumbrar, cada mañana organizan los escaparates con las mismas pulseras, anillos y collares que por la tarde limpian y guardan en algún sitio para que no tiente a nadie.
En la oficina te esperan con cara de sueño y entre bostezos y algún estiramiento acabas por descubrir que no eres la única que ayer se quedo en casa viendo una película y que a las 10 estaba en la cama leyendo un libro. Tu jefe se despide y entonces sabes que puedes ir cerrando el ordenador y que en la recepción del edificio estará el doorman de por la tarde que se despide con una sonrisa aunque a él le queden varias horas de trabajo por delante.
Te planteas dar un paseo, pero las calles frías de Nueva York te empujan a casa y el día que no tienes ropa en la lavandería te pasas por la tienda de la esquina a comprar leche para tus cereales o te metes en 99cents a comprar algún capricho para tu cuarto.
Son las 21.00 y ya llegas tarde a esa cena internacional. Rodeada de franceses, italianos y argentinos a los que conoces esa misma noche te pides el plato que más te apetezca, pizza en Pulinos o hamburguesa en 5Napkins. Entre vergüenza por ser la primera cena con ellos y diversión por saber que cenas al lado de una oledora de perfumes, te cuentan su día a día y entonces parece que no se diferencia tanto del tuyo y que al fin y al cabo a ellos también les apetece de vez en cuando tomarse la mejor tarta de queso en Junior´s.
Empiezas con agua, sigues con un buen mojito y acabas con varias copas de vino que te hacen hablar hasta bangladesí con el taxista que ha tenido un día algo aburrido y le apetece contarte como es su vida, pero le interesa todavía más saber cómo es la tuya y por qué has decidido venir a Nueva York. Y en ese momento le cuentas lo primero que se te pasa por la cabeza sin pensar en cuales han sido tus verdaderas razones.
Llegas a casa intentando sacar alguna conclusión a esa interesante conversación pero acabas poniendo el despertador 5 minutos más tarde porque sabes que la primera en ducharse lo hará algo tarde, ha sido un día largo y divertido.
Se acerca el fin de semana y ya empiezas a pensar si te pondrás Converse o te subirás a unos tacones de vértigo...

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