miércoles, 23 de febrero de 2011

Deja que te cuente que te estoy esperando

No llevábamos ni dos semanas aquí cuando ya empezaron a llamar a nuestro timbre amigos que volaban desde Madrid, desde Boston, desde Toronto. Y con la casa ya lista, la ropa ya colgada en nuestros armarios y un exprimidor de zumo muy deseado en nuestra cocina, empezamos de verdad a conocer la ciudad. Y mientras la disfrutábamos, comenzamos a hacer una lista de nuestros lugares preferidos. Una se compraba una libreta para apuntarlo todo, otra cogía las tarjetas de los sitios que más le impactaban y otra reservaba, anulaba reservas, volvía a reservar…preparando una visita especial. 
Porque, al fin y al cabo, aquí os estamos esperando. Sí, a vosotros.

Nueva York es una de esas ciudades que te recuerdan a todo. No solo a las películas y a las series de nuestra vida, sino a esa gente que hemos dejado lejos, pero que nos acompañan en cada momento de esta aventura.

Y entonces, decides ir a una cafetería a merendar y a sortear las habitaciones de tu nueva casa y te encuentras con una vitrina llena de cupcakes, por las que moriría esa amiga tuya a la que casi no le dejan tomar chocolate. 



Entras en tu nuevo apartamento que está hecho un caos e imaginas la cara que pondría tu madre si viera el panorama. Y entonces aparece Noga, nuestra casera, y decide pintarnos el baño de rosa y las sillas del salón de azul; y te recuerda tanto a ella que te encantaría que estuviese aquí para abrazarla porque, aunque no se lo crea, la echas mucho de menos.

Habéis ido a Ikea tres veces en menos de una semana y estáis tan agotadas que habéis estado a punto de pagar 120 dólares para que os montaran las dos camas que quedan por montar. Pero decidís que no, que podéis con esto y con mucho más; y las montáis. Y entonces llegas a casa después  de trabajar y la ves, completamente lista y amueblada por ti…y te acuerdas de tu padre y de lo orgulloso que estaría al ver todos esos muebles que tú has montado.



Sales un momento a la tienda de la esquina, porque se te ha olvidado la pasta de dientes, y  ves ese bar que tanto te recuerda al que tienes al lado de tu casa de Madrid y te viene a la cabeza lo mucho que disfrutarías tomándote una cervecita con esa amiga a la que veías casi cada día. Y te acuerdas de que tienes que volver a  llamarla porque olvidaeste contarle que creíste ver a Colin Farrell paseando a su perro por Hell's Kitchen.

Estás perdida en el Soho, buscando el restaurante donde has quedado a comer. Te encuentras con Carlota Casiraghi en la puerta (esto tenía que ponerlo) y, en una esquina, ves un puestecito de un vendedor ambulante que tiene justo el regalo ideal para ese amigo que cumple años dentro de unos días.

Y de esta forma, consigues disfrutar el doble de esta ciudad, de este juego que estás compartiendo con unas personas increíbles aquí, y con muchas otras que esperan cada día que subas un post a este blog para hacerlas partícipe de una de las mejores cosas que te han pasado en la vida.

Y nosotras tres, desde el otro lado del Atlántico, os pedimos un favor: 
venid pronto a visitarnos y a rellenar el cuadro de nuestras experiencias, una obra de arte que hace poco un buen tipo colgó en nuestro salón (y que pronto os mostraremos).
Experiencias que hacen que cada rincón de esta ciudad nos siga recordando a vosotros.




jueves, 17 de febrero de 2011

Deja que te cuente que ya tenemos hogar..

Hace poco alguien nos dijo que somos el resultado de las experiencias que hemos vivido.


Pues bien, en esta ciudad cada día es una experiencia, cada calle, cada esquina, cada edificio, bar, tienda o restaurante es totalmente diferente, reconoces el escenario de las películas que te han marcado, o de las series con las que has crecido y te ilusionas por cada plan o simplemente por llegar a casa abrir una cerveza fría y comentar el día.


Hemos vivido nevadas, hemos compartido la misma cama, hemos pateado la ciudad en busca de piso topándonos en esa búsqueda con un poco de todo…


Desde una china mandarina que con la bragueta abierta y paquete de embutido cuestionable sobre su mesa, nos hacía ver, mientras fumaba, las fotos del piso que quería alquilarnos y al preguntarle el porqué de hacernos ir hasta allí, solo conseguimos arrancarle un vago right right right…


Steven, por otro lado, se esforzó un poco más, pero debió de vernos en small size porque los pisos que nos enseñaba eran minúsculos y al tener ganas de poder disfrutar de nuestro piso con nuestras visitas tuvimos que pasar a Pamela, quién a paso de tortuga, nos enseño un par de tristes zulitos en China Town y todo esto nos llevo a Teresa.


Teresa, una simpática maña, que habla por los codos, pero por los codos, si tu estás subiendo las escaleras y vas por el quinto y ella por el primero sigue hablando, sí te subes a un taxi y se sienta delante y el cristal que separa la parte del conductor con la de los pasajeros impide que llegue sonido alguno, ella sigue hablando… esa es Teresa, adoptada como madre desde entonces, y quién nos enseño nuestro hogar de Manhattan.


La dueña, Noga, de origen israelí, casada con un artista francés, es como un personaje salido de una película de Woody Allen, trás conocernos en persona (cosa rara en NY), pedir a nuestros queridos padres que le escribieran un correo (petición singular), nos aceptó como humildes arrendatarias. Cuatro días más tarde estábamos durmiendo en colchones entre cajas y lavándonos los dientes en el fregadero, pero estábamos durmiendo en nuestro hogar.




miércoles, 16 de febrero de 2011

Deja que te cuente que esto empieza...

¿Cómo empezar un blog cuando es la primera vez que lo haces y tampoco tienes claro lo que quieres poner? Pues bien, la mejor manera es improvisar, dicen que lo mejor de todo es vivir improvisando.

Vivir improvisando es lo que me he propuesto en Nueva York. Desde que hemos llegado no hemos planeado ni que taxi coger desde el aeropuerto, ni donde hacer la compra, ni donde comprar el cable que una el ordenador a la tele para poder ver todas juntas series acordes a nuestra nueva casa de Manhattan. Todo lo hacemos dependiendo del día, la hora y del camino que nos apetezca coger de camino a casa, la 45th o la 47th.

Son millones de cosas las que hacen que esta ciudad sea increíble, y ya no sólo por su ritmo (dicen que es la ciudad que nunca duerme), sino porque todo lo que ves te sorprende y te permite hacer un puzzle en el que la última pieza acabará colocándose en Diciembre.

¿Listos? Pues allá vamos...

Increíble desde el momento que te bajas del avión y José se ofrece a llevarte a tu destino sabiendo que puede que no confies en él y prefieras coger un taxi amarillo, en los que de verdad no se puede confiar porque cada maleta te cuesta 20 dólares. Te subes en su furgoneta y tiene ganas de enseñarte cada rincón de Nueva York.
Increíble cuando en el supermercado no hay que pedir la vez, sino que personas con carteles te señalan "the end of the line".
Increíble cuando en una cama pueden caber tres personas, porque aquí todo es a lo King Size.
Increíble cuando corres después de salir de la planta 27 de uno de los edificios de la 5th Avenue para ver a alguien por Skype que está a 6000 km de aquí o intentas encontrar un hueco para llamar a las personas que echas de menos porque más tarde en España será la hora de dormir.
Increíble porque no sabes donde está el sur, el norte, el este o el oeste y te dedicas a preguntar pensando que eres la única (o sólo dos personas) que no se saben orientar en esta ciudad que por lo visto otras dos personas dicen que es muy fácil.
Increíble cuando una visita te regala un cuadro y te prepara una gincana para animar un día frío, en el que vas equipada con toda la ropa que te has traído de Madrid pensando que en Nueva York no puedes ir con cualquier cosa.
Increíble cuando el único chico de la oficina se convierte en una más y se entera de que marca de arroz compramos o cuando tenemos que ir a por bolsas de basura.


Increíble cuando sabes que aún te queda una año para poder disfrutar de todo lo que te espera, con gente que viene, se va, y con otras que lo compartirán todo contigo.