Un día te despiertas y te das cuenta de que puedes dejar la chaqueta en casa y sacar las chanclas a pasear, hace calor y Nueva York parece diferente.
Diferente cuando la temperatura invita a Manolín a corretear por nuestra cocina… tímido al principio y con una confianza que ha ido creciendo desde entonces, nuestro ratón y sus secuaces ya salen a saludar en copas o te demuestran que les gustan tus pies mientras friegas.
Diferente cuando se organiza el Spanish Soho Mile, te haces con el pañuelo rojo y comienzas la ruta. Pinchos, tapas y cerveza fría en Mango, Tous, Custo y Mascaró, finalizando en Ágata Ruiz de la Prada, donde la misma, te recibe con un divertido tocado y la última Estrella Damm del recorrido.
Diferente cuando para evitar una cola decides meterte en el sitio a la vuelta de la esquina y descubres Brass Monkey, donde con vistas al río y al aire libre un grupo de americanas te invita a su casa de los Hamptons porque les divierte la gente “de la parte hispánica de Argentina”.
Diferente cuando te pierdes por Brooklyn un domingo y sin planearlo vuelves a casa con una bici antigua, un peto, unas botas dignas de coleccionista, y cuatro dólares en el bolsillo después de haber vendido medio armario en una tienda de segunda mano.
Diferente cuando después de haber disfrutado de una cena, organizada por un gambitero al que vamos a echar de menos, donde el pollo al curry, los tallarines con gambas, el helado de pistacho, la cerveza casera y el roof top con barra hawaina, hace que te pongas a investigar al llegar a casa, y descubrir que tú también tienes un rooftop y compras hamacas y cambias la paellada planeada para el jardín, a las alturas.
Diferente, cuando te quedas encerrado en la azotea y tienes que bajar por la casa de tus vecinos, diferente cuando sales a por una falda y vuelves con cinco, diferente cuando los mosquitos te pican en sitios inexplicables, diferente cuando echas de menos a los que se van y te ilusionas por los que vienen.
Diferente cuando te das cuenta de lo rápido que pasa el tiempo… y que después un viaje increíble, ya sea recorriendo en bicicleta las calles de San Francisco y despertando con vistas a la bahía o llevando la “casa” a cuestas por Key West, donde entre palmeras y casas victorianas corretean las gallinas con sus polluelos, te das cuenta de que estás en junio, y de que has echado de menos tu nuevo hogar, tu nueva ciudad, pero sobretodo a tu nueva familia.

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